El cambio de estación, de verano a otoño, nos pilló en Grecia con treina grados de temperatura. Creo que ha sido el mejor cambio de estación que recuerdo en toda mi vida. Al volver a Edimburgo, nos preguntamos cuánto tiempo habíamos estado de vacaciones, ya que la ciudad nos recibió con cinco grados de temperatura y ese viento helado que te araña las mejillas.

Edimburgo es una ciudad que no admite medias tintas. No es bonita, es bellísima. Cuando organiza su festival, dura un mes y tiene más de dos mil actuaciones de todo tipo. Y cuando llega el otoño, hay cuatro grados de media y se levanta ese aire huracanado que me rompe todos los paraguas. Creo que el otoño aquí no existe y el verano nunca nos visitó; hemos pasado de la primavera al invierno.

Con el cambio de estación yo aprovecho para hacer una limpieza profunda en casa y preparar todo para el invierno. Cambio el edredón que abriga menos por el que abriga más, guardo los cojines de colores y saco los de pelo que dan sensación de calor, pongo una manta a los pies de la cama… Hoy he buscado también las postales de Navidad que nos sobraron del año pasado y que intentaremos utilizar este año; un consejo requete útil al respecto es que no compréis nunca nunca postales de esas que ponen “Feliz 2012″ a no ser que os neguéis a crecer y queráis quedaros siempre en ese año.

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