Cuando vas cambiando de ciudad y de país tienes la oportunidad de conocer un montón de costumbres y cosas nuevas que sin darte cuenta, vas incorporando a tu vida y que cuando te vas, se van contigo. Imagino que cuando me muera seré un compendio de culturas contagiadas en diferentes etapas de la vida y reconozco que me da un poco de miedo cumplir 42 años porque ese será el día en que habré vivido tanto tiempo en Asturias como fuera de ella y probablemente, dejaré de ser asturiana. Es terrible sentir como poco a poco, con el paso del tiempo te vas desarraigando; a la vez es precioso notar como vas creando raíces en tantos otros lugares que tanto te dieron cuando los elegiste para ser parte de tí.

No concibo mi picoteo de media mañana sin unas oatcakes, que son una especie de crackers o galletas de agua hechos con avena y tradicionales de Escocia. En este país hace tanto frío que en la antiguedad, cuando las importaciones y las exportaciones no eran tan habituales y el trigo escaseaba en invierno, hacían pequeñas tortas de avena, el único cereal lo suficientemente resistente para sobrevivir, y las usaban a modo de pan para acompañar sopa (seguramente un buen broth), queso o comerlas solas.

Con la modernidad, llegó el trigo y tuvieron pan todo el año, pero en Escocia siguen comiendo de vez en cuando sus galletas saladas de avena y además empezaron a hacerlas de diferentes grosores y con sabor a queso, normales, a la pimienta…

Cuando yo llegué a vivir en Edimburgo las probé y no me parecieron nada del otro mundo… hasta que un día nos quedamos sin pan en casa y comimos una sopa con unas oatcakes de las finas que nos habían regalado con el periódico. Ese día, dos años y medio después de llegar a la bella Caledonia, se me abrió una ventana en la imaginación y yo creo que ví a William Wallace en kilt, comiendo oatcakes mientras peleaba por la libertad.

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