El 30 de Marzo de 2013 estábamos de viaje en Copenhague. Nunca olvidaré este día. No sólo porque era mi cumpleaños, que también, sino porque fue el día que comí mi último plato con carne, sin saberlo. Al día siguiente, sin haberlo planeado, decidí no volver a comer carne nunca más y de esa fecha ya han pasado tres años.

Quiso el destino que Arol me hiciera una foto mientras disfrutaba de ese plato de comida: una ensalada césar con pechuga de pollo. Pobre pollo, qué culpa tendría él de que yo no hubiera tomado esa decisión un día antes.

s1

Los primeros meses siendo vegetariana fueron los más complicados. Hubo una curva de aprendizaje importante, y es que yo desconocía la mayoría de alimentos que existen en el mundo. Aún hoy me sorprende este hecho: se supone que una persona que come de todo no tiene límites autoimpuestos como los tiene un vegetariano y sin embargo, mi cocina era mucho más rutinaria entonces.

Cautelosamente, fui abriendo las puertas al tempeh, el tofu, el quorn, el agar agar, la soja texturizada, la harina de garbanzo, la mantequilla de almedras… En parte, tuve que aprender a cocinar de nuevo: por ejemplo, para hacer hamburguesas de soja texturizada se requiere una técnica y un conocimiento sobre los sabores diferentes.

Ser vegetariana me ha enseñado mucho gastronómicamente hablando y hoy bromeo sobre lo peligrosa que puedo llegar a ser si me dejas sola con un bote de lentejas cocidas… y si no que se lo pregunten a mis padres, que les hice unas albóndigas de lentejas completamente veganas que se chuparon los dedos.

Durante esos primeros meses también perdí mucho el tiempo dando explicaciones a diestro y siniestro sobre por qué no quería comer carne o de dónde sacaba la proteína. Tres años después he aprendido a sonreír y decir que es una elección personal, como haberme casado o haberme mudado a Escocia.

Si quieres saber la razón verdadera, hoy te la voy a contar. Me parece increíble no haberme dado cuenta antes, pero lo más importante que me llevo de esta experiencia vital es que para mi un perro o un gato deberían ser tratados igual que una ternera o un pollo; pues todos son animales domésticos. También he crecido lo suficiente para ser capaz de anteponer la vida de otros seres vivos a mi placer gastronómico, y es que sí, algunos días me comería un filete de salmón o una dorada a la sal… pero ahora siento que mi placer debe terminar donde empieza el dolor del otro.

Share This: