Vivir: Comprándole un alma a alguien

Siete y media de la mañana del lunes. Esa Mirichán que está en la parada de autobús, preguntándose de dónde viene el aire tan frío, mientras espera al número 900, que es el que hace la ruta Edimburgo – Glasgow.

Al cabo de unos minutos, lo veo asomarse al fondo de la carretera y me acerco al borde de la acera, levantando un brazo para que el conductor se dé cuenta de que lo estoy esperando a él, como quien busca a Jacks pero sin escote.

El hombre reduce la velocidad, pone el intermitente y se detiene en la parada. Abre la puerta en lo que a mí me parecen dos minutos eternos y siete grados bajo cero. Me subo a toda prisa para escaparme del frío, mientras le pido un ticket de ida y vuelta.

– Son 11.40 libras

Le extiendo un billete de veinte libras y me preparo para recoger el ticket, el cambio y sentarme en el primer asiento que vea disponible.

Pero el autobusero, aquel día, tenía otros planes para mí.

– Lo siento, no tengo cambio – me dice, acercando el billete a mi mano.

– Sólo tienes que darme 8.60 libras – le digo, porque sé que tienen que llevar cambio de hasta 10 libras. Es decir, que si le pago con 50, puede decirme que no tiene cambio, pero pagándole con 20, él tiene que llevar cambio.

– Ya, pero no tengo cambio. ¿Tu tienes algo suelto?

– Pues no.

– Pues te tienes que bajar – me dice, acercando el billete de 20 a mi mano por segunda vez.

– ¿Puedo pagarte cuando lleguemos a la estación de Glasgow, que habrá un montón de sitios para cambiar? Como puedes ver, alrededor de esta parada, que está en una carretera general, no hay nada.

– No.

– Vale. ¿Puedes darme el cambio al final del viaje, cuando hayan subido más pasajeros que te darán cambio?

– No.

Después de proponerle la segunda posible solución a su problema (porque era su problema, no el mío) y ver que me respondía con un no seco, casi sin pensar lo que le estaba diciendo, me dí cuenta de que era un hombre sin alma y que no había con quien hablar.

– Te tienes que bajar – me repite, intentando hacer que yo coja el billete.

– No me puedo bajar porque hoy me esperan en la oficina de Glasgow para trabajar, y necesito coger este autobús o si no voy a llegar tarde.

El autobusero me mira y sigue agitando el billete delante de mi mano.

– ¿Sabes qué? Quedate con las 20 libras, considera las 8.60 como la propina del día. Pero yo voy a ir en este autobús y punto – le digo, mientras echo a andar con todo mi salero de asturiana pasillo adelante, buscando donde sentarme (y con un mal genio que seguramente no te imaginas).

El viaje duró aproximadamente una hora y media y durante el camino atravesé todas las fases posibles del conflicto: maldije al autobusero y a su familia, lamenté no haber llevado cambio aunque no era responsabilidad mía, pensé que encima le había dejado un propinón a una persona que sin duda no se lo merecía y hasta escribí mentalmente en inglés y en español la reclamación que le iba a poner.

Cuando llegamos a la estación de Glasgow, el autobusero se bajó del vehículo y llamó a uno de sus compañeros, le pidió cambio y me dió mis 8.60 libras. Y el mundo siguió girando, aunque seguramente él y yo fuimos personas distintas a partir de entonces.

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1 Comentario

  1. Vaya me ha recordado a cuando estuve en Irlanda, los autobuseros eran igual de “majos”… Debe ser algo típico de aquellas tierras…
    ¡Besotes!

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