Para mí, lo mejor de viajar es poder aprender cosas de la cultura local. La Torre Eiffel es muy bonita y pasarse dos días enteros en el Louvre es sin duda una experiencia necesaria, pero uno de mis mejores recuerdos de París es  aquellas charlas interminables con Corinne, mi compañera de piso, parisina de pura cepa. Con ella aprendí lo importante que es el pan crujiente, las copas de vino en la cena, ese je ne sais quoi de las francesas, a las que siempre verás con colores neutros pero que saben utilizar el complemento perfecto que no solo las hará elegantes sino que también muy interesantes. Smart es el nuevo sexy.

Cuando conocí la plataforma de Airbnb, pensé sin duda que alguien la había creado pensando en mí. Poder viajar y alojarte en casa de personas locales me parece la guinda perfecta que poner a cualquier destino, y desde hace algo más de un año cada vez que viajamos elegimos esta opción por encima de otras que, a pesar de que seguramente serán más cómodas, son menos intrusivas de la vida local, que es lo que a mi me arrastra poderosamente en el viajar (y el vivir).

Así, he conocido a Lisa en Nueva York, que me contagió un poco de su consumismo convertido en decorar su casa de acuerdo a las estaciones del año. Yo, que soy minimalista como una hoja blanca, literamente aluciné al ver la diferencia que causa en un dormitorio poner una manta peluda sobre la cama. Aquello olía inmediatamente a invierno. Dame dos cojines de colores vivos y de repente, estamos en Abril y es primavera. Una vela de canela (viva la poesía) y de repente es otoño y oigo el crujir de las hojas. Gracias, Lisa. Contigo aprendí.

Después fui a vivir unos días con Isa en Toronto y con ella disfruté de la nocilla casera, orgánica, cruda, sana, eco y qué se yo cuantas cosas más. Dame tres ingredientes y yo te daré la mejor cosa que puedes untar sobre tu pan. Literamente estuve semanas alimentándome solo de eso, hasta que mi estómago empezó a insultarme en forma de calambres y entendí que aquella obsesión no era suficiente.

Y la lista sigue. Mirja en Tampere, Simon en Aberdeen…

Hasta que un día pensé que yo también podría compartir mi casa, que es mi alma, con viajeros despistados que no saben muy bien qué quieren cuando llegan. Nos pusimos manos a la obra, sacamos fotos, pedí ayuda a los expertos en hostelería para que me dieran sus recomendaciones y zasca, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el mercado. Era Julio de 2015 y los primeros en cruzar nuestra puerta fueron una pareja de australianos. Pim, pam, pim, pam y resulta que unas cuantas lavadoras después, cajas de cereales y botes de champú… el miércoles llega nuestra veinteava y última reserva de la temporada.

Si quieres saber más de airbnb, haz click aquí.

Share This: