Érase una vez una señora muy muy anciana que decidió regalar su querida máquina de coser a una de sus vecinas, ya que ella estaba muy vieja y no le podía dar uso. Su vecina guardó la máquina de coser pensando que cuando su hija se hiciera mayor, quizá le gustaría aprender a usarla. Sin embargo, aquella niña creció y se convirtió en una mujer fuerte y aventurera, viajando continuamente y haciendo cosas increíbles como ir a California a cursos de buceo o a Australia a investigar arrecifes.

La dueña original de la máquina de coser murió al poco tiempo y su vecina pensó que era una pena tirar la máquina de coser, pero ella tampoco la necesitaba porque tenía la suya propia y su hija mostraba cero interés.

Durante muchos años, la máquina hibernó en casa de aquella mujer, dentro de su mueble de madera y sin hilos que hicieran cosquillas al pasar por el ojal de la aguja. Y cuando la esperanza estaba casi casi perdida y la mujer que la había acogido en su casa estaba a punto de regalarla a un señor que coleccionaba máquinas de coser… una pareja de españoles se mudaron al barrio.

Mirichán siempre había querido tener una máquina de coser para aprender a hacer cosas mágicas como subir los bajos de un pantalón o fabricarse ella misma una bolsa para las pinzas de la ropa. Y un día, cuando su vecina le preguntó qué regalos pensaba pedir a Santa por Navidad, Mirichán le dijo que quería una máquina de coser. Una sencilla, de plástico, como las que venden en Ikea que son las más baratas.

Aquella mujer abrió los ojos muy grandes y le dijo a Mirichán: “yo tengo una máquina de coser que busca un buen hogar para vivir, si la quieres, te la regalo”.

La historia sigue tal y como todos nos imaginamos. Fui a ver la máquina de coser y me encontré con una Singer 746 T&S que tiene mas de cuarenta años y a pesar de todo, funciona como el primer día. Me faltó tiempo para traérmela a casa y empezar a coser cosas como loca. Empecé sin saber nada (y entrando en pánico el día que tuve que enrollar mi primera bobina de hilo o volver a enhebrar la máquina entera) y ahora ya soy capaz de hacer cosas bastante apañadas (aunque todavía muy sencillas). Puedo hacer manteles individuales, bolsas, sacos y monederos de colores, y este fin de semana me he atrevido con dos cojines para poner en el sofá nuevo que nos compramos.

Soy toda una aprendiz de costurera y mi vecina está encantada porque por fin consiguió cumplir la misión que su amiga le había encargado hace ya unos cuantos años: darle un buen hogar a su querida máquina de coser.

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