Cuando viajo por el mundo, que es siempre que puedo, me gusta recorrer las ciudades y entender cómo viven sus habitantes. Hace diez años, probablemente me atraía más visitar museos con grandes obras de arte, comer alguna cosa típica, subir a algún lugar con vistas y ver los monumentos importantes.

Últimamente no es que esas cosas hayan dejado de interesarme ni mucho menos, pero he descubierto una nueva pasión en mis viajes: me gusta ver casas museo o casas de locales. Me gusta ver camas, sofás, sillas, lámparas y todas esas cosas que tienen que ver con la decoración de interiores y el diseño de muebles o de espacios donde convivir. A veces, las cosas se unen y vamos a ver “La Casa Museo de Bedrich Smetana” y entonces admiro la casa y también al personaje. Pero otras veces voy sólo a ver una vivienda por dentro: “Casa Colonial”, “Casa Museo del Siglo XIX” o el “Palacete Victoriano de los Jardines de qué se yo”. La obra central en esos casos es el lugar, la vivienda y todos los trastos que tiene dentro. Antes esas cosas no me interesaban, pero estoy cambiando y ahora disfruto como una loca mirando los muebles de madera “de los de antes” o las cortinas de terciopelo con borlas.

Y lo que más me gusta es sacar fotos. Fotos de cuartos de baño donde nunca me duché, cocinas donde nunca cociné y habitaciones donde nunca dormí…

En Berlín visité la Knoblauchhaus, una casa que fue construida en 1759 por Johann Knoblauch (de ahí el nombre). Esa casa vió crecer a un niño, Carl, que en 1978 abrió abrió un negocio de seda y pañuelos en la planta baja. Hoy en día podemos visitar sus tres pisos y es una de las pocas viviendas del siglo XVIII que se conservan en Berlín. Dentro tiene muebles de la época original, libros, cacharros y muchas otras cosas que te transportan y te ayudan a entender cómo era la vida de sus dueños.

Había un despacho donde Carl seguramente preparaba la contabilidad de su negocio de telas y firmaba pagarés para importar seda de sitios muy lejanos. A mí me recordó un poco al de mi abuelo, donde él hacía la declaración de la renta todos los años (aunque mi abuelo, obviamente, no vivió en el siglo XVIII).

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En el salón habia una gran varidad de muebles y un montón de espacio. Me encanta ver cómo en las casas de antes el espacio se percibe no sólo en las habitaciones grandes pero también en los techos altos, las ventanas grandes, las puertas enormes.

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La luz entra por las ventanas… ¡qué importante es la luz! ¡Y qué sensación de vida dan las plantas verdes!

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Los cuadros no son muy de mi estilo y el reloj tampoco, pero hay que reconocer que visto así en conjunto, tiene sentido.

c03 ¡Que alguien hable con Ikea, necesitamos esa butaca con el estampado de flores ya! Y un kindle, porque ese pedazo de libro no lo voy a poder levantar de la mesa…

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Era sin duda otra época y estoy feliz de tener un lavabo con agua corriente y no necesitar la jofaina y el aguamanil. Pero el paseo por la Knoblauchhaus mereció la pena y no puedo esperar para meter las narices en la casa de alguien más. ¡Espero que me acompañes!

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