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El fin de semana pasado fuimos a ver una obra de teatro aprovechando que Edimburgo burbujea con el Fringe Festival. Se titulaba “The Lounge” (entendido como la habitación donde ves la televisión, descansas en el sofá o pasas una parte de tu tiempo de ocio, también lo llaman “living room” o “front room”) y contaba la historia de tres ancianos que pasaban gran parte de su tiempo en esa estancia de un asilo.

La obra mostraba en especial a una mujer de 92 años que no estaba contenta con cómo la trataban en el lugar: tenía que levantarse a una hora, comer una determinada comida a otra hora, ver los programas de la tele que los demás habitantes del asilo escogían y sobre todo, soportar la condescendencia de algunos de los cuidadores, que directamente la trataban como si fuera un bebé (con babero incluído). Su cuerpo, envejecido por el traicionero paso del tiempo, no respondía las órdenes de su intrépida mente hasta para las cosas más básicas como levantarse de la silla, estirar el brazo para coger el mando a distancia o contener el pis dentro de la vejiga.

¿Alguna vez has pensado qué pasará cuando seas vieja? Cuando la gente te hable con un tono de voz inusualmente alto porque piensen que no escuchas o cuando te pongan un babero para comer o pañales para no ensuciarte con tu propia caca. Los asilos de dentro de cincuenta años probablemente tendrán conexión a internet, cargadores de iphone en las butacas y en vez de tener prensa de papel, te dejarán suscribirte con tu ipad al feed del centro. Pueden modernizarlos todo lo que quieran, pero un asilo siempre será un asilo, un lugar donde las personas van a terminar sus vidas porque ya no pueden valerse solas por sí mismas y el precio que pagan es renunciar a su independencia, su capacidad de decisión y si me apuras, una parte de su dignidad.

Cuando salí de ver la obra, la ciudad nos sorprendió con un sol radiante de verano así que decidimos ir a una terraza cercana a tomar un café. Y allí, con los ojos cerrados, pensé que tengo que aprovechar mucho más la juventud de mi cuerpo, que me regala todos los días paseos, cinco sentidos agudos, unas manos que cogen, tiran, acarician, aplauden… y hasta una memoria que me permite recordar de vez en cuando que mañana es posible que la que esté en un asilo de ancianos sea yo.

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