Cuando era pequeña tuve mucha suerte y pasé mucho tiempo con mi abuelo. Aprendí muchas cosas de él: me enseñó a leer, a arreglar el parquet, a bailar la jota asturiana, a escribir a máquina y a andar en bicicleta.

También me enseñó a cuidar las cosas para que duren mucho y así no tener que pasar por el trámite de comprar cosas nuevas que posiblemente te gusten menos que tus cosas de siempre. La diferencia es que esto último lo aprendí sin que él me lo enseñara; creo que por contagio, como una especie de catarro que se convierte en un estilo de vida.

Hace unos días se me estropearon los cascos que utilizo para escuchar música cuando voy en avión o por la calle. ¡Qué fastidio! Tenían una calidad de sonido genial y eran muy cómodos en las orejas. Y echando la vista atrás me dí cuenta que habían sido un regalo que un amigo me hizo hace ocho años.

Contenta por la larga vida de mis cascos y pensando en todas las canciones que habrán pasado por ellos, levanté la vista y empecé a calcular mentalmente la edad de algunos objetos que me rodeaban: los pantalones que llevaba puestos tenían cinco años. Las zapatillas de estar por casa, tres. El jersey, uno. Los pendientes, siete. Mi bolso, colgado en una silla, dos años (y esta es su segunda vida, porque una amiga lo iba a tirar y lo rescaté). La mochila de ir al gimnasio tiene cinco años, lo mismo que la ropa que uso para ir a hacer deporte (incluyendo las zapatillas).

Me encantan mis cosas porque son familiares, cómodas y puedo confiar en ellas. Y me cuesta sustituirlas cuando se rompen, porque las cosas nuevas parecen menos mías que mis cosas. También porque al comprar cosas me siento consumista y sé que mi abuelo no me enseñó para ser así.

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