La profesora loca de Sh’Bam

Uno de las cosas que tengo que cambiar de acuerdo al Proyecto Mirmeco es que tengo que aprender a disfrutar de la actividad física.

Yo no entiendo a la gente que dice “no me gusta leer” y les contesto que con la cantidad de libros que existen es imposible que no puedan entretenerse y cogerle el gustillo a ninguno. Es díficil que no te gusten ni los cómics ni los libros de cuentos pasando por novelas de terror, novelas románticas o futuristas.

Con el deporte y el ejercicio es probablemente lo mismo: con la cantidad de cosas que se pueden hacer, ¿cómo va a ser posible que ninguna de las formas de realizar actividad física me guste? ¿No se tratará más bien de que aún no he dado con la mía?

Probando Sh’Bam

Así las cosas, se ha abierto la veda de probar. Y el lunes pasado fui a una clase de Sh’Bam en el gimnasio. Desconozco profundamente si en España también existe esta clase o si es un invento puramente británico. Desafortunadamente, tampoco tengo ni idea de si semejante palabro se puede traducir: para empezar no creo que el idioma original sea inglés! La pronunciación es algo como /sssh-bam/ y básicamente se trata de una clase en la que se realiza una coreografía en grupo. No es zumba porque no se utiliza música látina, no es tan aeróbic como el aeróbic y por supuesto, nada que ver con barre o similares (para los que no lo sepan, barre es un tipo de clase grupal que se parece al ballet pero no es ballet).

Después de los primeros quince minutos, empecé a ser capaz de seguir las coreografías. Cuando estás en una clase grupal, con música propia de los cuarenta principales y eres capaz de bailar dándolo todo, empiezas a disfrutar. A veces hubiera deseado repetir la misma secuencia un ratito más, sobre todo cuando el conjunto de pasos combinaba piernas y brazos como si fuéramos bailarinas del ballet de Madonna.

La profe sin embargo era para dar de comer aparte. Aquí siempre utilizan  uno de esos micros que van pegados a la cara y gritan todo el tiempo, cosas como “whip it” (y hacen como que dan con un látigo en el aire, pero a mí los látigos no me salen y parece que bailo sevillanas) o “do it sexyyyy – we are hooooot” mientras se contornean pasandose las manos por el cuerpo (y de nuevo en mi caso no tiene nada de sensual y más bien parece que me estoy enjabonando en la ducha). La mayoría de las veces me sucede que me da la risa floja y me pierdo en los pasos, me miro al espejo, me veo toda sudada y dejo de pensar que formo parte de un ballet de Madonna para darme cuenta de que soy sólo yo, intentando perder peso.

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Whip it! (el peso, claro)

No tengo ni idea de cuántas calorías habré quemado durante la clase o si el ejercicio cardiovascular que hice durante cuarenta  cinco minutos servirá de ayuda para perder peso.

Me cansé moderadamente y sudé bastante. Después de la clase fui a la ducha y creo que fue sin duda el momento más relajante del día. Mientras el agua calentita caía sobre mi espalda, pensaba que definitivamente lo que está mal en la fase de “no me gusta la actividad física” no es la actividad física en sí, sino el concepto de “gustar”. Normalmente digo que me gusta algo cuando me provoca placer inmediato (me gusta el chocolate, me gusta hablar con mi madre, me gustan los regalos de Navidad). El deporte es una de esas cosas que no me provoca placer inmediato pero lo hace a corto, medio y largo plazo: corto porque cuando la actividad física termina me siento mejor que antes de empezarla; medio porque esa noche duermo genial y siento menos estrés y ansiedad; y largo porque si llevara siempre una vida activa, tendría un montón de beneficios para mí.

Seguramente tengo que trabajar más en la asociación de la actividad física con todos esos placeres no inmediatos – y es que en el fondo todos somos un poco perros de Pavlov y queremos la recompensa justo cuando suena la campanilla.

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1 Comentario

  1. el símil con los libros es tan acertado!

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