La primera vez que fui al médico de cabecera en Escocia, me dió unas recetas para ir a buscar unas medicinas que me hacían falta. Fui a la farmacia y le dí las recetas a la señora farmaceútica, que me preparó las mecinas en una bolsa de papel completamente blanca, preservando mi intimidad.

Cuando me dió la bolsa blanca, yo que tenía el monedero en la mano, la miré durante unos segundos esperando a que me dijera “son chorrocientas libras y tanticuantos pennies”. Sin embargo, ella me miró a mí esperando a que yo le dijera qué quería o si sucedía algo, y después de dos minutos mirándonos mutuamente y sin entender nada, le pregunté cuánto dinero le debía por las medicinas que acababa de darme, abriendo mi monedero a la vez.

La farmacéutica me dijo que no tenía que pagar nada porque esas y todas las medicinas son gratuitas en Escocia.

Me fuí de la farmacia con esa sensación de que se te olvida algo pero no sabes el qué, pensando que lo que me acababa de pasar debería ser igual en todo el mundo mundial.

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