¿Naces, creces, no te reproduces y mueres?

A veces cuando estoy tomando un café y me quedo con la mirada perdida, alguien me pregunta: Mirichán, ¿en qué piensas? Siempre suelo responder la verdad y en muchas ocasiones eso provoca las risas de quienes me acompañan. Por ejemplo el otro día yo disfrutaba de mi descafeinado mientras debatía conmigo misma que la famosa frase de “naces, creces, te reproduces y mueres” no se aplica a los seres humanos que deciden no reproducirse. Y entre sorbo y sorbo, intentaba encontrar una variación que encajara más conmigo. Primero empecé por descartar los romanticismos becquerianos con el naces, creces, amas y mueres. Luego mandé al carajo la escuela existencialista de Hume tirando por el desagüe el naces, creces, sientes y mueres. Media taza de café después llegué a la conclusión de que mi frase seguramente se parecería algo más al “naces, creces, haces caca y mueres” y decidí quedarme con esa.

“Naces, creces, haces caca y mueres”, por Mirichán.

Arol, por su parte, no tuvo dudas en formular su lema vital y en menos de tres segundos dijo: “naces, creces, viajas y mueres”. Es un incansable y tengo la suerte inmensa que su pasaporte y el mío estén guardados en la misma funda, en la misma maleta, en el mismo avión, al mismo tiempo.

El próximo viaje que tenemos planeado es un triplete de ciudades. Volaremos desde Edimburgo a Berlín, la popular dama alemana que probablemente necesite poca sino ninguna introducción. Hemos decidido alquilar una habitación en el increíble barrio de Mitte, compartiendo apartamento con dos locales que serán nuestro hogar durante unas cuantas noches y la verdad es que no puedo esperar a preparar el desayuno en su cocina, charlar con ellos sobre la decoración de su lugar y mirar por la ventana de nuestra habitación mientras me ato las zapatillas, listas ellas y yo para devorar las calles a ambos lados del muro. Las personas que conocemos en nuestros viajes son los verdaderos monumentos que siempre siempre recordamos, incluso cuando ya hemos olvidado qué museos visitamos o cuál fue el icono que más nos gustó.

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Desde Berlín tomaremos otro avión para acercanos a Budapest, donde visitaremos a nuestro viejo amigo Tamas. Le conocimos hace cinco años, cuando alojábamos a viajeros aventureros en nuestra casa de Madrid siguiendo la filosofía de couchsurfing. Recuerdo que cuando aceptamos a Tamas me dió un poco de miedo: un chico joven, viajando solo… y la vida me respondió con un gigante de dos metros de estatura con el que charlamos hasta la una de la mañana en nuestro comedor. Qué ganas de darle un abrazo y esta vez sí, de tener tiempo de hacernos una foto los tres juntos.

En Budapest nos quedaremos en un pequeño estudio de Pest y espero que podamos hacer muchas cosas, entre ellas ir a la ópera, comer palacsinta y visitar la iglesia con el techo de colores. Es una de las ciudades que más ganas tengo de visitar y es que habiendo vivido un año en Bucarest, Budapest era mucho más que una deuda pendiente.

Por último, iremos a Viena, una ciudad que yo ya conozco y quiero enseñarle a Arol. Fui a Viena con un amigo, hace ocho años, y tengo mal recuerdo porque me puse enferma y recorrí la mitad de sus calles con fiebre. Sin embargo, hay una cosa que no se me va a olvidar mientras viva: la iglesia de San Carlos Borromeo, mi preferida del mundo mundial. Palo selfie asegurado, te lo digo yo!

AHORA: Si tienes alguna recomendación para alguna de esas tres ciudades, por favor déjala en los comentarios.

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1 Comentario

  1. ¡Hola Miri! ¡Venís a Viena! Aquí van algunas ideas de cosas que hacer, así a bote pronto:

    – Ver El tercer hombre en el Burg Kino e intentar identificar los sitios de Viena que salen en la peli. La echan en inglés varias veces a la semana en el Burg Kino, un cine del Ring (muy cerca de la ópera, en el centro). Los horarios se pueden ver en la web del cine.

    – Si venís antes del 18 de septiembre, es posible todavía bañarse en el Alte Donau. Se trata de un brazo del Danubio que actualmente es un lago (no hay corriente). Hay varios baños públicos que gestionan la entrada, entre ellos el Strandbad Alte Donau y Gänsehäufel. ¿Y lo que mola pensar que está uno nadando en el Danubio?

    – Subir al Kahlenberg, disfrutar de las vistas y de los viñedos. Es un monte que hay al norte de Viena, hay que ir en el metro U4 hasta Heiligenstadt y luego coger el autobús 38A. Se puede subir en autobús y bajar andando o viceversa. En septiembre suelen organizarse eventos relacionados con el vino (por ejemplo, Weinwanderwege), tienen muy buen ambiente.

    – Tomar un helado en El Veganista. ¡¡Muy buenos!! Tiene varias sucursales (distritos 5 y 7, que yo sepa).

    – Ir a un café y a un heuriger. Lo de los cafés en Viena es muy especial, puedes ir y estarte toda la tarde con un periódico y un café. Los dulces están muy buenos. El más típico y turístico es el Café Centra, pero hay otros. Los heuriger son locales donde típicamente se sirve el vino del año, pero actualmente también tienen más cosas. Para abstemios suelen tener zumo de uva, muy rico. Es típico mezclarlo con agua con gas para rebajarle el dulzor. Hay muchos heuriger en el distrito 19 (al norte), aunque alguno se esconde también en zonas más céntricas.

    Y paro ya que cojo carrerilla :D. Para cualquier cosa, puedes escribirme a la dirección de correo que dejo ahí arriba.

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