Navidad en el Hemisferio Sur

Dicen que hay que estar abierto a vivir nuevas experiencias en la vida y yo no lo discuto. Supongo que forma parte de eso que llamamos “salir de la zona de confort” y que aprendes cosas. A veces, aprendes que algunas cosas no te gustan y no significa que hayas tenido una mala experiencia: simplemente otro estilo va más contigo.

Eso fue lo que me pasó a mí yendo a Argentina en Navidad. Me lo pasé pipa: conocí un poco más a mis sobrinos, celebré una fiesta de quince, pasé nochevieja sin comer las uvas (y te prometo que no hubo un cataclismo mundial) y paseé por Buenos Aires como una loca. Qué ciudad, qué tanguero todo pero a la vez qué clase; una mezcla única en el mundo y no lo digo solo pensando en Caminito o en Evita Perón.

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Todas esas cosas que hice y viví tuvieron como constante un calor de la madre que lo parió. Estarás pensando: qué exagerada Mirichán. Se te habrá cruzado por la cabeza: cómo se nota que se ha acostumbrado a vivir en Escocia donde hay 23 grados el día más caluroso del verano.

Y un jamón, dijo la bruja Mon.

Pasé las Navidades con temperaturas por encima de los 45 grados, sin ganas de cocinar, de comer o de hacer cualquier actividad que implicara mover mi cuerpo más de cinco minutos seguidos. El día que el termómetro marcó 48 grados hubo un momento en el que sentí que me iba a desmayar en la cocina de mi suegra, mientras cocinaba dos tortillas de patata. Nunca antes había tenido esa sensación tan apabullante de calor intenso y durante unos minutos mi cerebro se dedicó a valorar los pros y los contras de perder el conocimiento.

Por suerte nuestro cuerpo tiene una capacidad de aguante desmesurada y salvo un episodio un tanto extraño en el que se me hincharon los dos ojos como si hubiera contraído la enfermedad de Chagas (y gracias a que la sanidad es gratuita en Argentina, un médico que hablaba como si fuera mi Ricardo Darín me dijo que aquello era una edema palpebral y que no iba a morir tal y como yo anticipaba, pero probablemente esta sea una historia para otro post y la esté liando) estuve bien y fui capaz de disfrutar de muchas cosas.

Y como no uso facebook, he pensado en subir algunas fotos a mi casa digital que es esta humilde bitácora.

Fuimos al Teatro Colón de Buenos Aires y me encantó el edificio.

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Me harté de hacer fotos a todos los carteles con firuletes que ví. Al final no aguanté más y yo, que soy lo más anti-souvenirs que te puedas imaginar, me compré uno para poner en mi cocina.

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Paseé muchísimo por Caminito, San Telmo, Palermo, Puerto Madero y pensé seriamente que yo podría vivir en Buenos Aires.

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Y cumplí uno de los deseos más deseados durante los últimos años: ir a comer a casa de Donato de Santis o como algunos la llaman “Cucina Paradiso”.

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3 Comentarios

  1. Qué bonito es BsAs!

    Ya he visto que las temperaturas están salvajes, Lima jamás había pasado de 30 y ahora es raro que bajen de ese número… y con la humedad están todos desesperados!

    Nosotros al revés, una Navidad muy British, pero que también nos encantó <3

    Es lo que tiene pasarlo con gente a la que quieres ^^

  2. El calor te vuelve inmoviliza, por suerte cuanto más vas hacia al sur más baja la temperatura. Y sí, Buenos Aires es todo un refugio donde perderse, como las callecitas de Palermo, Belgrano, Barrio Norte y tantos otros sitios.

  3. No veas, solo de leerte me entra calor y sofocos varios! Pero seguro que fue una gran experiencia :)

    Por cierto, estais muy muy guapos en la foto!

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