No es lo que parece

Cuando mi hermana nació, yo iba a preescolar. Tengo muchos recuerdos de esa época de mi vida y uno en particular sobre el que muchas veces me encuentro reflexionando es mi profesora. Se llamaba Josefina y era una señora de unos cincuenta años. Durante el último curso de educación infantil yo falté un montón a clase porque mi hermana era un bebé muy pequeño que dormía fatal por las noches, asi que mi madre no se despertaba algunas veces a tiempo para llevarme al cole. Cuando iba a clase, recuerdo perfectamente que teníamos un libro de hacer actividades (colorear, recortar con el punzón, unir con flechas, escribir las letras y los números) y después de hacer un par de hojas nos dejaban ir a jugar. En dos esquinas del aula habia dos “estaciones” de juego: una estaba llena de coches y la otra era una cocinita con platos y comidas de mentira.

Yo hacía mis fichas y como todos los niños, iba a las estaciones de juego. Pero Josefina me pedía que me sentara de nuevo en la mesa y me ponía a hacer las fichas de los días anteriores, cuando yo no había ido a clase.

Me acuerdo nítidamente como yo quería ir a jugar pero no podía y estaba sentada con la profesora y un lápiz entre los dedos. Todavía siento, fuerte en el pecho, la sensación de injusticia. Seguramente en aquel momento no sabía ponerle nombre y lo vivía más como un “quiero y no me dejan”.

El curso llegó a su fin y mi madre fue a por mis notas y a enterarse de cómo me había ido. La profesora le dijo que no creía que yo estuviera preparada para primero de EGB porque yo era una niña lenta. Y le enseñó mi libro de fichas sin terminar, mostrándole cómo yo había hecho algunas fichas con errores.

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Mi madre, como todas las madres del mundo en una situación así, se preocupó. Ella no pensaba que yo fuera una niña especialmente lenta o poco inteligente, pero si lo escuchas de una profesora que lleva años enseñando a niños supongo que te lo tomas muy en serio.

Con cinco años pasé todo el verano con mi abuelo, que era un maestro jubilado, estudiando todas las mañanas. Tardé un mes leer sola y al final de la estación ya era capaz de escribir algunas palabras.

Empecé primero y mi madre fue enseguida a hablar con el profesor nuevo. Le contó que yo era una niña lenta, que habría que esforzarse más conmigo que con el resto y pidió que me enviara tarea extra. Y César, levantando una ceja, le preguntó que de dónde había sacado esas conclusiones. Mi madre, seguramente algo avergonzada por reconocer oficialmente que su hija era lenta, le explicó la conversación que había tenido tres meses atrás con Josefina.

Mi profe cerró para siempre el tema con una frase que me acompañará toda la vida: ¿y no será al revés la situación, que la maestra de Míriam fue muy rápida?

Rápida en emitir juicios que pueden marcar la autoestima de un niño y su desarrollo posterior. Poco cautelosa en soltar una sentencia asi a una madre, sin darle un contexto que enmarque exactamente de qué estaban hablando. Y sobre todo, imprudente por no saber ver el contexto que rodeaba a aquella Míriam de cinco años, que simplemente no iba al cole porque en casa había un bebé que no dormía por la noche.

Y aunque no es relevante para el final de este post, me gustaría contarte que Josefina se equivocó en dos cosas: no sólo yo no era una niña lenta sino que quedó demostrado que en realidad era más inteligente que mis compañeros y por eso, las fichas me aburrían soberanamente y las hacía mal. A veces, las cosas no son lo que parecen y las personas tampoco.

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2 Comentarios

  1. no sé si me parece peor el comentario o que te privara del tiempo de ocio y de interacción con los compañeros, tan necesario a esa edad… mucho más que las fichas! ¬¬

  2. Ma-dre-mi-a! Que indetificado me siento. Y que injusta, como tú dices, la situación de quiero y no me dejan.

    Sobradamente demostrado que valias y vales. Y un aplauso a ese profesor que supo verlo y actuó bien.

    Ojalá más profes como el. Ojalá menos tareas, fichas y deberes y más aprender interactuando con el mundo.

    ¡Gran post Miri!

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