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Hace cuatro meses la simple idea de tomar un café o un té sin endulzar (con sacarina casi siempre, pero también sirope de ágave o azúcar si no queda más remedio) era una catástrofe que me hacía encoger la lengua y cerrar los puños como si aquello fuera semejante a chupar un limón.

Sin embargo, un día, harta de leer sobre las miles de enfermedades que el aspartamo, la sacarina y el ciclamato iban a causarme, decidí dejar de endulzar todas las bebidas calientes, los yogures naturales y la avena mañanera. Me puse seria agitando un dedo y grité “a la mierda con todos ellos y con los stevioles también” y salí enfadada de mi cocina.

Los días que siguieron a esa expresión de amargura (nunca mejor dicho) pasaron a cámara lenta, conmigo evitando tomar café, té y yogures porque aquello sabía asqueroso. En repetidas ocasiones me preparé una taza de mi descafeinado para retorcerme en el sofá después del primer sorbo.

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Persistí e intenté el autoengaño, que es siempre la mejor de las fórmulas. Descubrí que tomando café de mejor calidad aquello era más tolerable y que las leches vegetales también le daban un toque al asunto. Compré lavazza a cuatro libras los doscientos cincuenta gramos (que son dieciséis libras el kilo o lo que yo llamo un café de pata negra) y empecé a cronometrar literalmente el tiempo infusión en mi cafetiere. Dos minutos máximo, agua a 92 grados exactos, 12 gramos de café para dos tazas. Abandoné el café soluble, el starbucks, el café del restaurante de mi trabajo y experimenté con pour overs, artisan roasts y la mano que mece la cuna del Charlie Mills entre otros.

Cuatro meses después, ayer por la noche precisamente, terminaba un yogur natural de soja después de cenar y decía en voz alta: qué bueno está este yogur. Y era solo yogur, sin sorbitoles, xilitoles ni demás alcoholes del azúcar.

A veces tengo que escribir cuatro párrafos enteros para convencerte de que nos engañaron y no son papilas gustativas, son adaptativas. Como la vida misma.

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