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Yo en el puerto de Copenhague en 2013

Parece que la fiebre de Marie Kondo va remitiendo y sus defensores más acérrimos jamás reconocerían que vuelven a tener un cajón de cargadores donde todos los cables se retuercen y se mezclan los androids con los nikons en una orgía sin ton ni son.

¿Qué será lo próximo? Ahora que hemos limpiado, ordenado y dispuesto todos nuestros objetos como si aquello fuera la apple store, ¿ahora qué?

Dicen los daneses que ahora tenemos que hacer hygge. Y como todas las fiebres del lifestyle, la cosa empieza con un libro. Un libro donde alguien, cuyo estilo de vida es más atractivo que el tuyo, con más tazas de anthropologie sobre mesas de mármol y más plantas suculentas encerradas en esas jaulitas de bronce y cristal, te influencia sobre cómo, qué, cuánto y por qué.

Preciosa fotografía de Mechi, que escribe en uno de mis blogs preferidos: “Soy un Mix”

¿Hygge? ¿Cómo carajo vamos a poner en marcha algo que ni siquiera sabemos pronunciar? La Kondo, siendo japonesa y todo, la sentíamos mucho más nuestra. Marie, de toda la vida. ¿Pero qué vamos a hacer con este hygge que se pronuncia huga?

Dicen en Dinamarca que hygge es simplemente el secreto de la felicidad. Consiste en crear un ambiente agradable en tu casa, en el que poder disfrutar de las pequeñas cosas con tu familia.  Un domingo por la tarde, con una vela encendida y tus calcetines preferidos de estar por casa es hygge. Una taza de café caliente mientras miras por la ventana y sientes en tus pies descalzos la alfombra de cáñamo que tienes en el salón es indudablemente hygge. No se trata de algo material que puedas ver o tocar, sino de un sentimiento.

hygge

He estado leyendo por aquí y por allí sobre esta nueva filosofía del confort y la verdad es que no estoy particularmente impresionada. Debe ser porque en mi familia llevamos hyggeando años. Mi madre, de hecho, lo llama mañanear. Consiste en alargar los desayunos durante horas, llevando nuestros mejores pijamas, hablando de la vida y del tiempo como si no tuviéramos nada mejor que hacer. Por una mañana, no cuentas cuántas galletas llevas comidas ni cuántas veces has hecho el amago de levantarte para ir a hacer la cama: aquello es como si un estado de mindfulness te poseyera y disfrutas de la conversación como si nunca más pudiera darse. Incluso cuando era adolescente, yo era de hacer mucho hygge, solo que no lo llámabamos así porque pensábamos que aquello era sólamente leer un libro mientras te comías un bocadillo de chocolate valor y un vaso de agua fresca y parabas en cada capitulo para ir al baño y volver a colocar los cojines en su posición estratégica.

Supongo que el fallo es no tener una palabra tan molona como hygge y sobre todo no haber publicado un libro contando al mundo que, efectivamente, la vida es mucho mejor cuando no tienes preocupaciones graves y no te duele nada.

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