Cualquier persona que tenga un sólo regalo de Navidad es una privilegiada. Es un hecho, sobre todo cuando te paras a pensar que hay un montón de gente ahí fuera que no tiene cubiertas sus necesidades básicas. Hay niños, adultos y abuelos a los que una guerra les ha pillado en medio. Hay personas que están sufriendo a tope. Y mientras toda esa gente vive injusticias, una parte del mundo se pasea por los centros comerciales, esforzándose en gastar dinero en algún regalo que poner debajo del árbol para algún ser querido.

A mi me encanta la Navidad y me encanta hacer regalos a las personas que me importan. También me encanta abrir regalos y pienso que nadie de mi entorno tiene directamente la culpa de todas las desgracias que suceden en el mundo. Por eso, cada año me esfuerzo en celebrar la Navidad intentando no ser hipócrita pero tampoco haciendo oídos sordos a las desgracias que otros viven. Es un equilibrio díficil y muchas veces me siento culpable. La mitad del tiempo me parece obsceno que me regalen tantas cosas y la otra mitad me siento mal porque parezco el grinch, siempre intentando que todos se den cuenta de lo afortunados que somos.

Estas Navidades en casa de mis padres en Asturias hemos hecho el amigo invisible por primera vez. Hasta este año siempre habíamos comprado un regalo para cada uno de parte de cada uno; y así yo tenía al menos tres o cuatro regalos de parte de mis padres y de mi hermana. Lo mismo para Arol, lo mismo para mi hermana, para su marido y lo mismo para mi madre y mi padre. Además de ser un incordio para transportar todas esas cosas hasta Edimburgo cuando volvíamos a casa; es un gasto de dinero innecesario y unos quebraderos de cabeza que nos vuelven locos a todos, y es que cada año parece que tienes que sorprender más y mejor.

Este año hicimos un sorteo y fijamos un presupuesto de 10 euros por regalo. A mí me tocó mi padre, casi como si el Espíritu Santo hubiera amañado la extracción de papeletas. 2015 no ha sido un año bueno entre mi padre y yo, así que tener que esforzarme en comprar un regalo para él fue un poco como si el ángel de la Navidad quisiera que hiciéramos las paces.

Con los diez euros le compré una camisa de todo trote y me dió para una caja pequeña de galletas surtidas.

Yo le toqué a mi cuñado Sergio. Y la verdad es que acertó de pleno: me regaló un adaptador que se conecta al mechero del coche y que sirve para escuchar mp3. Hasta ahora íbamos a todas partes escuchando la radio porque nuestro coche, al ser tan viejo, solo lee cds originales, pero este cacharrín nos va a cambiar la vida, sobre todo en viajes largos.

Cuando terminamos la experiencia (que fue bastante breve, ya que sólo teníamos un paquete cada uno que abrir) reflexioné sobre si me había gustado este cambio en una tradición familiar tan importante como es el intercambio de regalos en Navidad. He de confesar que eché de menos el pijama que todos los años mi madre me regala. También pregunté a mis padres qué les había parecido, y me dijeron que les parecía que “faltaba algo” ya que normalmente en Diciembre van a comprar regalos de Navidad para todos en diferentes tiendas y este año “terminaron muy rápido”. Cambiar las costumbres que han estado vigentes por tantos años hace que te sientas un poco raro, pero por otro lado me siento bien porque quizá nos hemos hecho el mejor regalo que existe en el mundo entero: la experiencia de que para ser una familia que se quiere y que se cuida, no hace falta ser consumista. La humildad de tener sólo un regalo cada uno y agradecer porque lo verdaderamente importante no nos falta: estamos sanos, estamos juntos y estamos aquí.

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