Muchas personas se quejan de que cada año la Navidad comienza más pronto. En Edimburgo respetan bastante el mes de Octubre porque el 1 de Noviembre es Halloween y todas las tiendas y casas se llenan de calabazas y arañas espeluznantes. En cuanto Halloween termina, poco a poco se va dando el pistoletazo de salida y empiezas a ver luces, Papá Noeles y Snowmans por todas partes.

A mí, que me encanta la Navidad, no me molesta lo más mínimo que el mes de Noviembre se haya convertido en una especie de prólogo para las fiestas… creo que son demasiado bonitas para disfrutarlas sólo durante un mes al año.

Este año es el primero que Arol y yo estamos en nuestra casita. No es la más grande ni la más bonita, pero qué quieres que te diga, se siente diferente. Teníamos planes de comprar un árbol de Navidad más grande que el que teníamos y decorarlo con bolas doradas y esa especie de collares de perlitas.

Pero como tantas otras veces, la vida nos tenía preparado algo diferente y chas, hace un par de meses nos encontramos un árbol de Navidad en la basura, en uno de esos contenedores de obra gigantes de alguna casa que se estaba reformando. Estaba el perfecto estado, así que ni cortos ni perezosos, lo rescatamos.

Hemos tenido que darle una buena ducha (y sí, el agua salió marrón de todo el polvo que cogió en el contenedor de obra) pero nada que KH7 y agua no puedan arreglar. Lo dejamos recudiendo día y medio en la bañera y quedó como nuevo.

Y ahora no sólo tenemos un árbol de Navidad más grande y frondoso que el que teníamos, tenemos además una historia que contar.

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