Sentir: Orgullo Profesional

Cuando estaba estudiando Psicología en la universidad, muchas personas tuvieron a bien decirme que estaba perdiendo el tiempo y que aquello “no tenía salida”. Hubo incluso algún descarado que comentó, con total desconocimiento sobre los contenidos de la licenciatura, que no entendía qué pintaba yo en una carrera de “letras” cuando yo había sido toda la vida de “ciencias”. Sobrellevar esos comentarios mientras te metes los tochos de Neurociencias y de Diseños de Investigación Aplicada debajo del brazo para irte a la biblioteca era hiriente algunas veces. Bueno, no algunas: todas las veces.

A veces tienes que escuchar opiniones bastante atrevidas, seguramente por estar basadas en la ignorancia, de personas que consideran que están en posesión de la verdad absoluta. Cuando tenía menos velas encima de la tarta de cumpleaños probablemente yo me desviviera por explicarles mi perspectiva, por hacerles entender. Y cuando eso no sucedía, entonces yo era de las personas que discutía y se acaloraba.

Ahora, que ya me falta tarta para tantas velas, considero que tales atrevimientos nunca deben ser premiados con la generosidad de ofrecer otro punto de vista: me he vuelto una especie de sádica que disfruta dejando a tales ejemplares sepultados debajo de su propia obstinación y sólo espero que su atrevimiento les deje sumidos en la ceguera y yo les vea golpearse contra un muro una, otra y otra vez más.

Y dirás tú, que me lees soprendida: ¿a qué viene esto, Mirichán?

Hace un par de meses decidí poner mi candidatura sobre la mesa para un puesto de más responsabilidad en la empresa en la que llevo siete años trabajando. Yo sentía que mis posibilidades de conseguirlo eran muy remotas porque soy muy joven, mujer y no británica, pero aún así lo intenté.

Y lo conseguí.

Empecé en el puesto nuevo hace dos semanas y la verdad sea dicha, lo estoy flipando en colorines. Siento que he dado un salto cualitativo más que cuantitativo: no es sólo que ahora tengo que hacer más cosas, es que tengo que hacerlas de forma diferente, a un nivel diferente. Aunque, como yo siempre digo, trabajar duro no me asusta y sé que puedo aprender.

Si hay una cosa que le debo a haber estudiado Piscología en la Universidad es precisamente eso: que aprendí a aprender y ahora puedo enfrentarme a cualquier reto porque conozco las estrategias de mi cerebro. También aprendí cómo funcionamos las personas en líneas generales y cómo interactuamos; y eso me equipa para trabajar en cualquier puesto porque aunque el foco de atención esté en los números (o los ordenadores, o las webs, o las capitales de África) siempre hay un factor común: todos, sin importar nuestra profesión, trabajamos con personas y entenderlas es fundamental.

Así que si tú estás leyendo esto y pensando si deberías estudiar Psicología aunque no estés segura de si te gusta la clínica, o porque quisieras medicina y no te dió la nota, o quizá porque no tienes claro qué puedes hacer y no quieres perder un año… definitivamente no escuches a nadie y agarra fuertemente esos tochos porque te prometo que vas a llegar todo lo lejos que tú quieras.

Son las personas las que no tienen salida, no las carreras universitarias. Sobre todo las personas que yo dejé dentro de aquellos pozos de obstinación: a todos ellos los he visto pedirme que les ayudara con el currículum porque “la que me va a hacer la entrevista para la multinacional es una psicóloga como tú”.

 (En la foto, Daniel Kahneman).

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1 Comentario

  1. ¡Muy bien dicho!, a veces los límites nos los ponemos nosotros mismos…pero está claro que podemos llegar lejos. Enhorabuena, siempre creí en ti y sabía que lo conseguirías…mucho ánimo para tu nuevo puesto, se que lo estás dando todo…eres una luchadora y una campeona :*

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