Ayer me moría de ganas de comer un bocadillo enorme.

Uno de esos bocadillos que son media barra de pan con tortilla francesa dentro y unas rodajas de tomate y hojas de lechuga saliéndose por los bordes.

Pan blanco, por supuesto. Y a lo mejor un poco de mayonesa en uno de los lados del bocata, para que esté jugosito pero crujiente a la vez.

Y en medio de esta fantasía pseedo-erótica, sintiendo casi el roce de la miga en mis labios, mi dí cuenta de que ya no recuerdo a qué sabe el pan. Podía evocar la tortilla, la mayonesa, el tomate… pero ¿a qué sabe el pan? ¿cómo suena cuando lo muerdes y cruje?

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El pan está sobrevalorado

Después de tres semanas sin pan, he empezado a ser capaz de pensar sobre este alimento adoptando una perspectiva diferente. Y he llegado a la conclusión de que el pan está claramente sobrevalorado en nuestra alimentación. No está tan rico como pensamos que está y esto se demuestra porque son pocas las veces en las que comes pan sin nada más. Siempre es pan con algo, aunque sea un poco de aceite de oliva y sal, o mojado en una sopa o con un poco de tomate rallado por encima. Muy pocas personas toman una rebanada de pan tostado sin absolutamente nada más por encima, porque el pan así seco no tiene un gran sabor.

Por otro lado, el pan es un alimento raro. Es una especie de amohada comestible, un bocado lleno de aire. No es como una manzana o una hoja de lechuga, donde comes un alimento más consistente, en estado más sólido. ¿Te imaginas un plátano con la textura de pan? Una especie de mousse pero completamente seca, un merengue pero con mucho más aire. Y eso suponiendo que el pan sea un buen pan, porque depende dónde lo compres, parece más una goma que una esponja de trigo y agua.

Esta semana he tenido que enfrentarme a un par de situaciones en las que antes hubiera comido pan y ahora he tenido que resolverlas de forma distinta. Por ejemplo, el domingo fuimos a una feria vegana donde vendían perritos calientes (sin carne, obviamente). No es un hallazgo habitual, ya que en la mayoría de puestos callejeros no tienen esta variedad, así que siempre que vemos que tienen algo así disponible, aprovechamos y comemos uno. En la feria hice cola para pedir uno sin acordarme de mi reto de pan y cuando ya casi era mi turno tuve que salirme de la cola meneando la cabeza.

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Obviamente me fastidió un poco no comer el perrito, pero en el fondo no fue para tanto: dos puestos más allá había tortilla de patatas vegana y me pareció una opción igual de apetecible.

Ahora que ya llevo tres semanas sin comer pan sé que la semana número cuatro no va a ser ningún problema, pero empiezo a preguntarme cómo y cuándo quiero comer pan cuando el reto se termine.

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