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Son muy pocos los que pasan por la vida sin haber tenido que trabajar. La mayoría lo hará por necesidad, otros para aprender una disciplina, algunos arrastrados por la pasión y seguramente habrá unos pocos que trabajan para matar el aburrimiento (aunque parezca mentira). Conforme vamos avanzando en nuestro camino en la vida, posiblemente esa motivación cambie.

El primer trabajo que yo tuve fue mientras estudiaba y lo necesitaba para poder pagar el alquiler y las facturas de mi piso de estudiante en Valencia. Obviamente, no era el trabajo de mis sueños ni mucho menos, pero era flexible y me permitía estudiar a la vez: en aquel momento era todo lo que necesitaba.

Una vez terminé la carrera, salté al mercado laboral sin pensármelo dos veces, seguramente con cierto aire de desesperación. No olvidemos que yo hice Psicología y que mucha gente se aseguró de recordarme durante los cinco años de exámenes que “aquello no tenía salida”.

Hubo compañeros que se pusieron a hacer un máster al terminar o que decidieron que se irían a estudiar un idioma. En mi caso, ya estaba fuera de casa de mis padres, así que tenía que trabajar para vivir y a la vez, quería empezar un camino profesional relacionado con mis estudios.

¡Ay, aquella Mirichán de apenas 22 años! Yo creía que sabía muchas cosas pero me faltaba experiencia en la vida. Terminé aceptando un trabajo en el que me prometieron que un día a la semana podría dedicarlo a la gestión de recursos humanos y el resto… era dependienta. Las fronteras enseguida se difuminaron y terminé siendo dependienta y moza de almacén. Aquello no me gustaba así que tracé un plan: ahorrar todo lo que pudiera para poder irme a Madrid, donde seguramente habría más oportunidades.

A los seis meses hice las maletas y me fui. Confieso que retoqué un poco el currículum y exageré el tiempo que había pasado haciendo tareas de recusos humanos. Hice una entrevista y conseguí entrar en una empresa de selección de personal. Hito conseguido: mi primer trabajo relacionado con la formación.

Y como un egipcio en la pirámide de Maslow, una vez mis necesidades básicas estuvieron cubiertas (un trabajo estable con un sueldo pequeño pero que me daba para vivir) subí de nivel. Y me enfoqué en aprender. Hice un máster a distancia, absorbí conocimientos de mis compañeros (y de forma transversal, aprendiendo de relaciones laborales y de prevención de riesgos laborales también). Reforcé mis idiomas.

Cuando la oportunidad llegó yo quería un trabajo en una multinacional. Una empresa grande donde yo pudiera vislumbrar el siguiente nivel de la pirámide de Maslow a la Mirichán: posibilidades de crecimiento profesional.

Y aquí estoy, siete años después, en la misma empresa. Miro atrás y veo a la Mirichán moza de almacén peleándose con las pesadísimas cajas de vaqueros de Jack and Jones y se me llena el corazón de una ternura que no puedo explicar. Me han ascendido dos veces y me he movido de país en un abrir y cerrar de ojos porque tengo claro que hoy por hoy, no cambio mis colores.

Obviamente, ahora ya no trabajo por necesidad. No me malinterpretes: sigo teniendo facturas que pagar, pero mi situación no es tan precaria como lo era entonces. Tampoco trabajo porque quiero aprender, aunque esto no quiere decir que no me entusiasme empaparme de cosas nuevas. Ahora el motor que me hace madrugar todos los días es la pasión. Y cuando trabajas así, es un lujo trabajar.

Déjame que te resuma este post en tres simples palabras:

SOBREVIVE

APRENDE

APASIÓNATE

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