Últimamente estoy trabajando a tope y aunque yo no quiera, me pongo nerviosa y me pasa factura. Por ejemplo, rechino los dientes cuando duermo y tengo que usar la férula de descarga. Me vuelvo a morder las uñas. Tengo más ganas de comer chocolate o cosas con mucha azúcar. Supongo que es normal y que todos tenemos “vías de escape” que nos salvan de volvernos tarumba cuando estamos muy ocupados. Mecanismos de defensa.

Una de las cosas que más me gusta hacer cuando estoy muy ocupada en el trabajo es tirar cosas en casa. Llego a las nueve de la noche, después de doce horas de silla y ratón y abro el armario de la ropa, o reviso la estantería de los libros. Y empiezo a sacar cosas. Camisetas que no me he puesto en el último mes, los libros que leí en lo que llevamos de año, regalos que me hicieron en las últimas navidades. Cojo una bolsa de basura y separo lo que puedo donar de lo que hay que tirar. Cuando lleno la bolsa me siento en paz conmigo misma, con el mundo, con el universo y si me apuras un poco, también me siento en paz con la tasa de capitalización de las iniciativas LRM, que tantos quebraderos de cabeza me están dando.

A veces, tardo varios días en llevar a las ONG las cosas que quiero donar. La bolsa se queda en una esquina del salón, o de la habitación de invitados, hasta que saco tiempo, casi siempre durante el fin de semana. Y entonces imagino cuánto dinero costaron esas cosas y si realmente mereció la pena la inversión. Ya sabes, el ROI (return of investment) de toda la vida. Yo gasté X euros (o libras!) en comprar eso. ¿Realmente lo amorticé? ¿Qué beneficios me reportó tener esas cosas? ¿Podríamos cuantificarlos? Las respuestas a esas preguntas no son fáciles y seguramente hay un poco de todo. Por ejemplo, cuando dono un libro sé que amorticé mi inversión porque lo he leído y me ha proporcionado diez, doce o quince horas de entretenimiento. Si además te lo he dejado a ti para que lo leas, esos beneficios se multiplican y la depreciación se produce más lentamente, incrementando el valor de mi libro en el tiempo.

Pero muchas veces, lamentablemente, miro la bolsa y veo cosas que fueron una mala inversión. Cosas que apenas he utilizado y que estoy donando para que otras personas amorticen mi inversión. Me da mucha pena cuando eso ocurre.

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¿Cómo puedo saber, antes de comprar alguna cosa, el valor real que va a tener para mí? ¿Es suficiente con hacerse las míticas preguntas de “lo quiero o lo necesito”, “cuántos como este tengo ya”, “qué pasa si no lo compro”?

Voy a hacer un experimento, que consiste en estar treinta días sin comprar absolutamente nada (excluyendo comida). Apuntaré las cosas que posiblemente hubiera comprado en ese periodo de no ser por esta regla autoimpuesta. Si después de treinta días sigo pensando que son una buena inversión, es posible que considere comprarlas. Y a ver qué pasa.

(Perdóname por la deformación profesional en algunos párrafos del post). La cabra tira al monte, qué le vamos a hacer.

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