Viajar: en familia

¿Ves cuando tus hermanos mayores / primos / padres broman con que en realidad tú eres adoptada o que te encontraron al lado de un cubo de basura y no iban a dejarte ahí? A lo mejor son unas risas que solo nos echamos en mi familia, pero recuerdo que a mí me lo decían algunas veces, sobre todo cuando hablábamos de que mi hermana y yo no nos parecemos la una a la otra en nada. No era una broma cruel ni mucho menos y por supuesto no me generó ningún trauma ni similar… Supongo que yo siempre lo entendí como una metáfora de lo  distinta que soy al resto de mi tribu. No sólo porque tengo las tetas más grandes que mi hermana y mi madre juntas, o los ojos más oscuros que todos los demás… también porque mi personalidad no se parece a nadie que lleve algún apellido parecido al mío.

Mi familia es feliz con la rutina, cuando no hay cambios y cada día se puede predecir por el anterior y el previo y el previo del previo. No les gusta viajar, no entienden “para qué estudiar tanto”, han dejado de buscar explicación a lo de no comer carne y pescado o lo de hacer mudanzas cada poco tiempo o negarme a llevar el coche a la oficina todos los días porque contamina mucho y no me parece razonable sobre todo si tienes en cuenta que va una sóla persona en el vehículo. Y aunque no compartan mi forma de ver la vida, sé que yo tampoco termino de comprender la suya; pero de todas formas nos queremos a nuestra manera, que consiste en decirnos que nos encontramos mutuamente en la basura los unos a los otros… y oye, no nos íbamos a dejar ahí.

Toda esta introducción para contar que este verano propuse a mi familia que hiciéramos un viaje todos juntos por primera vez. Nada de ir al extranjero ni de cosas complicadas: mis padres, mis tíos, Arol y yo; alquilamos una casa rural y yo me encargo de organizar qué hacer cada día.

Mientras escribía una mini guía de viaje para nuestras tres noches en Estaca de Bares pensaba que por una vez conseguiría que mi familia experimentara mi forma de viajar. Esos madrugones para que dé tiempo a ver todo, descubrir rincones turísticos pero también secretos locales, pelear por llevarme a casa la verdadera experiencia de haber estado ahí.

Empezamos con mala suerte porque en la Playa de las Catedrales el tiempo estaba regular y cuando más lejos estábamos de los coches, el cielo se abrió y empezó a llover como si una parte del viaje tuviera que ver con Noé y su arca. El diluvio universal y nos empapamos los seis, mojados nivel que te salga agua de los zapatos cuando caminas. Me dió miedo que el entusiamo pinchara, pero me dí cuenta de que ellos saben, igual que yo, poner buena cara al mal tiempo. Mal tiempo literal. Nos cambiamos de ropa en un bar, turnándonos y pasándonos la toalla, déjame la bolsa para meter lo mojado, pide seis cafés para quitarnos el frío, parece que para de llover, venga vamos que hay que seguir la ruta.

Vimos atardeceres, todos sentados en un banco, hablando sobre cómo la vida a veces te da lluvias torrenciales y a veces te da atardeceres increíbles y mi familia supo abrir los ojos y ver cuadros impresionistas y Renoir y la madre que lo parió cuando otros solo ven mar, rocas y gaviotas.

Fuimos a visitar un convento de clausura donde ya solo quedan trece monjas y les compramos galletas, para morirnos de la risa después por lo caras que habían sido y lo duras que estaban, que debía llevar la monja semanas con las galletas y sin ningún turista que la fuera a ver… y mi familia intentó, igual que yo, ablandarlas mojándolas en el café, pero ni con esas.

Se quedaron impresionados cuando fuimos a visitar la fábrica de cerámica de Regal y nos recibió el maestro Otero; que nos contó todos sus sueños sobre la cerámica, el mundo y los pinceles de caligrafía japoneses… y mis padres y mis tíos lo miraban como niños, con la atención del que sabe que está frente a un genio que todavía no sabe lo genial que es… mientras yo pensaba que nunca me iba a lavar la mano que usé para saludarle, porque estoy segura, un día será como Picasso pero sin camiseta de rayas.

El viaje, poco a poco se terminó y mientras conducía unos cuantos cientos de kilómetros para volver a casa con mi padre sentado de copiloto en completo silencio todo el viaje; me dí cuenta que lo del cubo de basura debe ser verdad y efectivamente, no me parezco a ellos porque nos parecemos todos al mismo contenedor donde un día, nos fuimos encontrando.

k3

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1 Comentario

  1. viajar no es solo descubrir lugares o costumbres, es también descubrirse

    lindo viaje este ❤

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