Vivir: Ser diferente

Estaba yo en un centro comercial y necesitaba ir al baño. No me gustan los centros comerciales porque nunca encuentro nada: no sé salir por el mismo sitio que entré, no soy capaz de ubicar lo que he venido a buscar y el baño… es un tema aparte. A veces encontrar los aseos me parece una especie de juego de geocatching, donde tienes que ir siguiendo los carteles y mirando en todas direcciones porque es muy fácil que pasen inadvertidos. Todos suponemos por qué: si estás en el baño es imposible que estés dejándote seducir por la música, los colores o los objetos. Cualquier día pondrán escaparates dentro de los aseos, en lugares bien visibles, para no perder ni un segundo de nuestra atención consumista.

Tuve que subir una planta, cruzar la sección de cojines, aparecer en la sección de espejos, atravesar el menaje de cocina, las velas, la mantelería… para volver a aparecer en la sección de cojines sin haber encontrado el baño. Volví a repetir el camino, esta vez más despacio y por fin, ví una puertecita que indicada el lavabo de las chicas, con un dibujo bastante confuso que parecía más un gallifante que una fémina.

Tardé menos dentro del baño de lo que tardé en encontrarlo y cuando salí ví a un hombre de unos 45 años que se acercaba, mirando y remirando el mismo cartel que segundos antes a mí también me había parecido un jeroglífico. Parecía que dudaba si entrar o no, así que con mi mejor sonrisa le ofrecí ayuda: “este es el baño de chicas!”

El hombre, de pelo corto, gafas con montura al aire, pantalones vaqueros y camisa de cuadros, delgado, alto y de piel clara me miró y me dijo: “yo soy una mujer”. Y mientras me lo decía, casi a la vez o incluso unas milésimas de segundo antes, mi cerebro tuvo tiempo de procesar algunos detalles y darse cuenta de que efectivamente, aquella persona no era un hombre, era una mujer. Su piel era fina, la forma de sus ojos, sus manos, incluso algo en la forma de moverse y de hablar.

Le pedí perdón, apartándome de su camino para que pudiera entrar al baño. Ella no me contestó, sólo bajó la cabeza y avanzó.

Y desde que sucedió este incidente, no puedo dejar de pensar en cuántos comentarios como el mío e incluso peores esa persona tendrá que vivir y enfrentar cada día de su vida: cuando entra a los probadores de una tienda, cuando alguien se dirije a él como “señor”. Cuando habla y de su garganta no sale una voz tan varonil como el otro espera.

Ser diferente es difícil.

u1

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1 Comentario

  1. cuántas ideas preconcebidas tenemos sin darnos cuenta! hacemos preguntas y comentarios inocentes que pueden tener un impacto distinto al que teníamos en mente ><

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