Allá por el mes de Abril yo compré entradas para un concierto en el Usher Hall. Si no has venido a Edimburgo, déjame explicarte que el Usher Hall es el equivalente al Palacio de la Ópera de Madrid o el Palau de Barcelona. De tanto en tanto reviso el programa y cuando veo algo chulo, compro las entradas y sorprendo a Arol.

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Esta vez se trataba de un show llamado “The Planets” donde la orquesta toca diferentes piezas que tienen que ver de una forma u otra con los planetas y las estrellas, mientras que en una super pantalla se van mostrando diferentes imágenes del cosmos, el universo y el espacio exterior. Los músicos y el director estuvieron increíbles, tanto que al final se llevaron una ronda de aplausos tan larga que el director entró y salió cuatro veces a dar las gracias. Los temas que eligieron fueron pesos pesados: abrieron el concierto con Sunrise, de Zatathustra. Siguieron con el Danubio Azul, pasaron por la Tocata y Fuga, la Séptima y fueron a morir con Star Wars. Después del intermedio empezaron a proyectar las imágenes y tocaron los Planetas de Holst. Cuatro rondas de aplausos bien merecidas.

A mi lado se sentó un señor que probablemente rozaba la ochentena y hacía aspavientos con las manos sobre sus piernas, como si estuviera dirigiendo él a la orquesta. Cuando empezaron a tocar Star Wars, nuestras miradas se cruzaron y el hombre se acercó a mi y me dijo, completamente extasiado: “just when I thought that there is nothing better than Beethoven, they play this!”. A mí se me escapó una carcajada y le dí un abrazo. La gente que siente la música clásica con emoción me trasmite una idea de familiaridad y hermanamiento, como si fuéramos nativos de un mismo lenguaje. Y fíjate que digo “siente”, porque para que algo te apasione verdaderamente, no tienes porqué entenderlo del todo. Muchas veces se trata de ser capaz de conectar con ello y de sentir esa alegría de estar vivo que las cosas que amas te regalan cuando las experimentas.

Confieso que la primera mitad del concierto estaba llena de temas populares, de esos que todos somos capaces de tararear y a mi eso me parece bien. Sin embargo a Holst no lo conocía y he aprendido que lo mío es sin duda Júpiter. Qué bonito tema compuso para el planeta más grande del sistema solar, que él denominó como “portador de la alegría”. Me gusta este compositor inglés porque usa instrumentos poco habituales, como el gong (un gong sonando por todo lo alto en una orquesta es sorprenderte y sacarte una sonrisa), el metalófono, la pandereta y mi querida y siempre respetada flauta (travesera) baja.

Y mientras escuchaba y aplaudía muchísimo, pensaba que soy afortunada de vivir, de tener orejas y sobre todo, de estar encima de esta roca que da vueltas alrededor del una bola de fuego sin parar. ¡Que increíble me parece todo!

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