El viernes salí de trabajar y aprovechando que hacía buen tiempo, decidí dar un paseo antes de volver a casa. Cuando caminaba por una de las calles más céntricas de Edimburgo me sorprendió que los coches iban inusualmente despacio y el tráfico se acumulaba formando una fila considerablemente larga. Estiré el cuello para intentar ver cuál era el motivo del embotellamiento y entonces ví a una mujer caminando por el medio de la carretera, delante de todos los coches.

Resultó que la mujer intentaba proteger a una cría de pájaro que no lograba remontar el vuelo y caminaba nerviosamente de un lado a otro de la carretera, sin saber muy bien qué hacer. La mujer seguía al animal con los brazos abiertos, intentando guiarlo hacia la acera sin conseguirlo mientras los coches avanzaban detrás de ella formando una procesión que divertía y extrañaba a los paseantes como yo.

En un momento dado, la mujer decidió quitarse la chaqueta y cogerla con los brazos extendidos, simulando unas alas, mientras comenzaba a correr detrás del pájaro gritando: fly! fly! (vuela!). El pájaro comenzó a revolotear, primero sin conseguir levantarse del suelo para después conseguir volar unos metros y finalmente levantar el vuelo hacia las nubes.

La mujer se puso su chaqueta, volvió a la acera y los coches reanudaron su marcha. Los paseantes volvieron a sus conversaciones sobre tales y cuales planes para el fin de semana y yo sonreí grande, sintiendo una alegría calurosa en el alma. Si Juan Salvador Gaviota hubiera estado allí conmigo me habría dicho eso de “aprendió a volar y no se arrepintió del precio que había pagado”.

Qué suerte que todavía quedan en el mundo personas dispuestas a bajarse de la acera para quitarse la chaqueta y correr cuesta abajo con los brazos extendidos mientras gritan “vuela” a pleno pulmón.

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